Se han puesto de moda los maltas, quizás por influencia de los telefilms americanos, o porque los médicos dicen que es el menos malo de los destilados, pero lo cierto es que muy pocos consumidores saben lo hay detrás de una conocida marca de whiskys, incluso de esos caros con que nos regalamos en los mas sofisticados comedores.

Hacía varios meses que los buenos aficionados esperábamos con ansias la cata de whiskys de malta que nos había prometido el Club Coalla, y lo cierto es que todas las espectativas se vieron desbordadas con el torrente de información que Francesc Ricart, representante en España de Gordon & MacPhail, nos obsequió en su disertación.
Para hacer una breve síntesis, empecemos por puntualizar cuales son las diferentes clases de Whisky.
Lo mas basto (no se comercializan en España, son algo así como aguardientes para mendigos), son los llamados de grano (trigo), habiendo también entre ellos, distintas calidades.
Por otro lado están los maltas, elaborados a partir de cebada malteada (proceso de tostado, germinación y fermentación).
A principios de siglo, y ante la gran demanda de aguardientes (por un lado la filoxera dejó a Francia sin vino, y luego la ley seca provocó mucha sed en EE.UU.), se impusieron los blended (mezclas), y que se componen de whisky de grano, con un determinado porcentaje de malta, que sirve como aromatizante.
Un ejemplo sería usar esos lamentables vinos corrientes que se embotellan en Asturias para los menús, y por otro lado los elegantes albariños, y para engañar un poco el paladar, pues sacar un tercero, preparado con la mezcla de ambos.
Esta mezcla, destinada principalmente a los llamados LongDrinks, o sea, para tomar en vaso largo con hielo, Coca-Cola, Ginger-Ale, Tónica, etcétera, tomaron tal auge, que hoy el 90% de los maltas se utilizan para este fin (por cada botella de malta que se sale como tal de Escocia, se exportan mas de de 1.000 de mezcla).
No hay que recalcar el hecho de que los maltas son por tanto los whiskys de calidad, pero del mismo modo que hay albariños y albariños, pues aquí pasa los mismo, y las grandes añadas se comercializan como millesimés (con el año de la cosecha).
Entre los grandes expertos de esta bebida, había una pareja, uno el experto y otro el negociante, que buscaban cada año por las distintas bodegas cuales eran los mejores productos, que compraban para sí, y hacían envejecer en barricas propias hasta que alcanzaban el punto justo de madurez (han de usarse toneles viejos donde se hayan previamente criado vinos nobles, como Jerez).
A partir de ahí seguían la crianza, y, cuando veían que estaba en su punto óptimo (una vez en botella los destilados no evolucionan), los comerfializaban con el nombre de la destilería, añadiendo el suyo propio en concepto de seleccionadores y criadores: Specially selected Gordon & MacPhail.
Hoy, siglo y medio después, conseguir una de estas botellas no es tarea facil, porque entre un Macallan, GlenRothes, Lagavulin, Glenlivet o Bowmore, de serie (esos que dicen 8, 10, 12 o 25 años, que son mezclas de varias añadas), o uno de estas mismas destilerías, pero de esta selección, con fecha de añada y de embotellado, la diferencia es como de la noche al día, y aunque cuesten casi el doble, en relidad son mas signo de distinción de connaiseur que de nuevo rico.
De aquella cata hubo uno que me fascinó particularmente, el Scapa (es una destilería que embotella en exclusiva para la Marina Real Británica), un Islay (de la isla de Orkney, la mas septentrional del país) de 1985 embotellado en 1996, envejecido en barricas de Bourbon, y cuya sedosidad y profundidad, me sorprendieron.
Muy curioso el Inverleven, un whisky de aperitivo y de señoras, con aromas a albaricoque, y que a pesar de sus 40º, entraba como vino blanco.
Para los mas calientes, el Cask de Glenlivet de 1978, con 61,8º de alcohol, obviamente, para rebajar con agua, y para sabores fuertes, el Caol Ila, en la linea del Lagavulin, pero aún mas potente.